EL TRABAJO FORMA PARTE DE ESTA REALIDAD a

El trabajo forma parte de esta realidad

COLECCIÓN «¿POR QUÉ NO CONSIGO…?»

Esta nueva edición forma parte de una colección de 5 cuadernillos de autoobservación, creados para investigar algunos de los patrones, pensamientos y formas de relacionarnos con diferentes aspectos de nuestra vida.

CUADERNILLO 03

¿POR QUÉ NO CONSIGO UN TRABAJO ESTABLE?

Un cuaderno de autoobservación para comprender, investigar y transformar tu relación con el trabajo y la vida.

EL TRABAJO FORMA PARTE DE ESTA REALIDAD

Hay una idea que considero importante revisar antes de continuar hablando de trabajos estables, trabajos mejores, trabajos que nos gustan o trabajos que quisiéramos dejar. Y es una idea muy sencilla: estamos viviendo en una realidad material.

Tenemos un cuerpo que necesita alimentarse, un lugar donde vivir, necesitamos agua, electricidad, ropa, desplazarnos, mantener determinadas cosas, atender nuestras necesidades y, en muchos casos, también las de otras personas que dependen de nosotros.

Podemos tener muchas ideas acerca de la vida. Podemos buscar una existencia más espiritual, más libre, más sencilla. Podemos cuestionar el sistema en el que vivimos. Podemos decidir alejarnos de una gran ciudad y marcharnos al campo. Podemos reducir nuestras necesidades al mínimo. Podemos intentar vivir de una manera completamente diferente.

Pero hay algo que sigue estando presente: vivimos en un mundo material y necesitamos participar de alguna manera en él.

Imaginemos que una persona decide alejarse completamente de la sociedad y vivir en medio de la nada. Ya no tiene jefe. No tiene horarios. No tiene una empresa. No tiene que fichar. No tiene que responder correos. No tiene que acudir a una oficina. Puede pensar: «Por fin he dejado de trabajar».

Pero al día siguiente tendrá que conseguir agua. Tendrá que buscar alimento. Tendrá que construir o mantener un refugio. Tendrá que cortar madera si necesita calentarse. Tendrá que reparar lo que se rompa. Tendrá que desplazarse. Tendrá que aprender. Tendrá que dedicar tiempo y energía a conservar aquello que le permite continuar viviendo.

Puede que ya no lo llame trabajo. Pero el esfuerzo seguirá existiendo. Porque el trabajo, entendido en su sentido más amplio, no nació con las empresas, los contratos ni las oficinas. Nació de la necesidad de hacer algo para sostener la vida.

Y esto es importante porque a veces podemos llegar a pensar que el problema es el trabajo en sí. «Yo no quiero trabajar». «Quiero ser libre». «Quiero vivir sin tener que trabajar». Y entiendo perfectamente de dónde puede venir ese deseo.

Muchas personas están cansadas. Cansadas de horarios que no les permiten vivir como quieren. Cansadas de jefes. Cansadas de ambientes que no les gustan. Cansadas de hacer durante años algo que no sienten que tenga sentido. Cansadas de llegar a final de mes y comprobar que todo el esfuerzo realizado apenas alcanza para cubrir lo necesario.

Pero quizá aquí tengamos que separar dos cosas: una cosa es no querer vivir determinadas condiciones laborales y otra muy diferente es no querer realizar ningún esfuerzo para sostener nuestra vida.

La primera puede ser una señal que merece ser escuchada. La segunda puede ser una fantasía difícil de sostener dentro de una realidad material.

Incluso una persona que dispone de mucho dinero y aparentemente «no necesita trabajar» continúa teniendo que ocuparse de algo. Tiene que cuidar sus bienes, administrarlos, protegerlos, tomar decisiones, evitar que se deterioren, gestionar inversiones, pagar impuestos, contratar personas, resolver problemas, tomar precauciones y, en muchos casos, dedicar una cantidad considerable de energía a conservar aquello que ya posee.

Puede que no tenga un empleo. Pero continúa teniendo responsabilidades.

Por eso quizá sea más interesante dejar de preguntarnos únicamente: «¿Cómo puedo dejar de trabajar?» y comenzar a preguntarnos:

«¿Cómo quiero relacionarme con el trabajo dentro de la vida que quiero construir?»

Esta pregunta abre muchas más posibilidades. Porque trabajar no tiene por qué significar necesariamente pasar ocho horas al día haciendo algo que detesto para conseguir dinero.

El trabajo puede ser una profesión. Puede ser un oficio. Puede ser una actividad independiente. Puede ser un proyecto. Puede ser una empresa. Puede ser cuidar de otras personas. Puede ser crear. Puede ser enseñar. Puede ser producir. Puede ser investigar. Puede ser prestar un servicio. Puede ser desarrollar una habilidad. Y puede transformarse a lo largo de nuestra vida.

Lo importante es comprender que alguna forma de participación, esfuerzo o intercambio con la realidad material va a existir.

Y aquí aparece una cuestión que puede ahorrarnos mucho sufrimiento: no todo trabajo tiene que cumplir todos nuestros sueños.

A veces queremos que nuestro trabajo nos proporcione absolutamente todo. Queremos que nos guste. Que nos apasione. Que nos dé libertad. Que nos permita viajar. Que nos permita tener una casa bonita. Que nos proporcione reconocimiento. Que nos haga sentir realizados. Que nos permita ahorrar. Que nos permita ayudar a nuestra familia. Que tenga buenos horarios. Que tenga buenos compañeros. Que nos pague mucho. Y además queremos que nunca nos genere estrés.

Quizá estemos colocando sobre una sola actividad una cantidad enorme de expectativas. Y cuando esa actividad no puede proporcionarnos todo aquello que imaginábamos, aparece la frustración.

Tengo un trabajo. Me permite pagar el alquiler, pagar la luz, comprar comida, pagar los gastos de la casa, mantener el coche, atender determinadas responsabilidades y quizá incluso me permite ahorrar un poco.

Pero no me permite hacer el viaje que quiero. No me permite cambiar los muebles. No me permite comprar aquello que deseo. No me permite tener el nivel de vida que veo en otras personas.

Y entonces aparece una sensación muy particular: «Esto no es suficiente».

Y puede que ahí comience una parte importante del sufrimiento. Porque el trabajo que tengo quizá sí está cumpliendo una función. Quizá no está cumpliendo todas las funciones que yo esperaba. Y esa diferencia es fundamental.

Un trabajo puede estar cubriendo mis necesidades básicas y, sin embargo, no ser el trabajo de mis sueños. Puede ser una etapa. Puede ser un apoyo. Puede ser un puente. Puede ser algo que me permita sostenerme mientras construyo otra cosa.

Y reconocerlo no significa conformarme. Significa dejar de despreciar aquello que hoy sostiene mi vida mientras preparo lo que quiero construir mañana.

Porque hay algo que puede resultar peligroso cuando estamos frustrados con nuestro trabajo. La mente empieza a rumiar: «¿Y ahora qué hago?», «Con esto no me alcanza», «No puedo seguir así», «Necesito encontrar algo mejor», «Tengo que cambiar ya».

Y cuanto más miedo aparece, más difícil resulta pensar con claridad. Entonces podemos cometer un error: abandonar lo que tenemos antes de haber construido aquello que necesitamos.

No siempre, por supuesto. Hay situaciones laborales que requieren salir de ellas. Hay ambientes perjudiciales, circunstancias insostenibles y momentos en los que continuar no es una opción razonable.

Pero cuando simplemente estamos frustrados porque queremos más, quizá convenga detenernos antes de destruir la base que sostiene nuestra vida.

Porque si todavía necesito pagar la comida, el alquiler, los colegios, la electricidad, el transporte y todos los demás gastos, esas necesidades no desaparecen porque yo haya decidido que quiero dedicarme a mi pasión.

Y aquí llegamos a algo que considero especialmente importante: tu pasión puede ser una dirección.

Pero no necesariamente tiene que convertirse de un día para otro en tu única fuente de ingresos.

Si hoy tienes un trabajo que sostiene tus necesidades básicas y existe algo que realmente te apasiona, quizá puedas comenzar a darle un espacio. Una hora. Dos horas. Unas tardes. Un fin de semana. Un pequeño proyecto. Una formación. Un servicio. Una actividad que inicialmente no genera dinero.

No necesitas abandonar inmediatamente todo aquello que tienes para demostrar que crees en tu pasión. Puedes comenzar a construir.

Y mientras construyes, puedes observar: ¿Sigue interesándome? ¿Estoy dispuesto a aprender? ¿Me gusta realmente o solamente me gusta imaginarme viviendo de ello? ¿Estoy dispuesto a trabajar cuando nadie me obliga? ¿Estoy dispuesto a mejorar? ¿Existe alguien que necesite aquello que estoy ofreciendo? ¿Puede convertirse con el tiempo en una actividad económica?

Estas preguntas son mucho más útiles que simplemente decir: «Quiero dedicarme a lo que me apasiona».

Porque una pasión también necesita realidad. Necesita aprendizaje. Necesita práctica. Necesita constancia. Necesita tiempo. Y, en muchas ocasiones, necesita atravesar una etapa en la que todavía no produce aquello que esperamos.

Pero puede suceder algo muy interesante. Empiezas haciendo aquello que te apasiona durante unas horas a la semana. Después alguien te pide ayuda. Luego otra persona. Comienzas a mejorar. Aprendes a ofrecerlo. Descubres que existe una necesidad. Quizá empiezas a obtener algún ingreso.

Entonces puedes dedicarle un poco más de tiempo. Y poco a poco aquello que comenzó como una pequeña actividad puede convertirse en una parte importante de tu vida profesional.

No siempre ocurre así. No existe ninguna garantía. Pero hay una diferencia enorme entre abandonarlo todo esperando que la pasión te sostenga y construir progresivamente una actividad que algún día pueda sostenerte.

La segunda opción permite que la realidad acompañe al deseo.

Y quizá aquí aparezca una enseñanza importante para este cuadernillo: no tienes que elegir necesariamente entre sobrevivir y hacer aquello que te gusta.

Puedes estar sosteniendo una cosa mientras construyes la otra. Puedes utilizar tu trabajo actual como una base mientras desarrollas una nueva capacidad. Puedes hacer una actividad extra. Puedes formarte. Puedes comenzar un proyecto. Puedes probar. Puedes equivocarte. Puedes corregir. Puedes volver a intentar.

Y, mientras tanto, tus necesidades básicas continúan cubiertas.

Esto también cambia nuestra relación con la estabilidad. Porque quizá un trabajo estable no tenga que ser necesariamente el destino final. Puede ser simplemente la base desde la que construyo mi siguiente etapa.

Y cuando comprendo esto, quizá deje de mirar mi trabajo actual solamente desde la frustración. Puedo reconocer lo que me aporta. Puedo reconocer aquello que no me aporta. Puedo agradecer lo que sostiene. Y, al mismo tiempo, puedo comenzar a construir aquello que todavía no existe.

No se trata de resignarme. Se trata de no confundir evolución con destrucción.

A veces evolucionar no significa abandonar inmediatamente lo que tenemos. Significa utilizarlo inteligentemente para poder avanzar.

Porque mientras la mente esté ocupada permanentemente preguntándose cómo voy a pagar mañana, resulta mucho más difícil escuchar qué quiero hacer con mi vida.

Primero necesito una base. Después puedo construir. Y mientras construyo, puedo descubrir que aquello que inicialmente era solamente una pasión comienza, poco a poco, a convertirse en una forma diferente de trabajar.

Quizá entonces la pregunta ya no sea: «¿Cómo consigo un trabajo estable?»

«¿Cómo puedo construir una vida en la que el trabajo que necesito realizar también pueda acercarme progresivamente a la vida que deseo vivir?»

Esa pregunta abre un camino mucho más amplio. Y ese camino es el que vamos a investigar en las páginas siguientes.

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3 comentarios en “El trabajo forma parte de esta realidad”

  1. en mi caso, es que no encuentro mi propósito, ni mis dones.
    Y ahora a los 60 años estoy perdido para poder encontrar la solución a mi vida y creo que no es buscar otro trabajo que me inspire.
    Y al ser Pensionista vivo una vida muy monótona.

    1. Hola, Enric.

      Lo que planteas me parece muy interesante, porque quizá la respuesta no esté en buscar otro trabajo que te inspire.

      A veces confundimos **propósito con profesión**, como si nuestro propósito tuviera que convertirse necesariamente en un trabajo. Y no siempre es así.

      A los 60 años, siendo pensionista, quizá el desafío no sea encontrar «otro trabajo», sino empezar a preguntarte **qué quieres hacer con esta nueva etapa de tu vida**.

      Si sientes que tu vida se ha vuelto monótona y que no encuentras tus dones ni aquello que te apasiona, puede ser una señal para detenerte y observarte de otra manera.

      No se trata de encontrar rápidamente una respuesta a «¿cuál es mi propósito?», sino de comenzar a descubrir:

      ¿Qué cosas despiertan todavía mi curiosidad?
      ¿Qué actividades hacen que pierda la noción del tiempo?
      ¿Qué conocimientos o experiencias tengo que podrían ser útiles para otros?
      ¿Qué he dejado de hacer por pensar que «ya no es para mí»?

      Muchas veces nuestros dones no aparecen como algo extraordinario. Pueden estar en aquello que hacemos naturalmente, en lo que hemos aprendido durante nuestra vida o incluso en aquello que otros siempre han valorado de nosotros.

      Quizá esta etapa no consista en buscar un nuevo trabajo, sino en **darle un nuevo sentido al tiempo que ahora tienes disponible**.

      Y eso también puede ser una forma de encontrar tu propósito.

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