CUANDO LA MENTE DA FORMA A LO QUE PERCIBIMOS
Una reflexión desde mi investigación sobre los implantes energéticos
A lo largo de mis años de investigación me he encontrado con experiencias que, para explicarlas, requieren ir mucho más allá de aquello que podemos observar a simple vista. Hay personas que describen sensaciones muy concretas: sentirse atrapadas, percibir que algo las rodea, notar alteraciones en su campo energético, sentir que su cuerpo está cubierto por una especie de malla o incluso describir esa sensación como si estuvieran envueltas en una tela de araña.
Otras personas hablan de presencias, de voces, de formas que aparecen durante determinadas experiencias o de la sensación de que algo está interfiriendo constantemente en ellas. Cuando escucho este tipo de relatos, mi primera actitud no es descartar aquello que la persona está experimentando, pero tampoco dar por hecho que la imagen que está percibiendo representa literalmente aquello que existe.
Una cosa es aquello que la persona experimenta y otra es la forma que su mente utiliza para representar esa experiencia.
Esta diferencia es fundamental. Si una persona me dice que ve una tela de araña alrededor de su cuerpo, puedo aceptar que está percibiendo algo que para ella es completamente real. Pero inmediatamente aparece una pregunta que considero mucho más interesante: ¿está viendo realmente una tela de araña o su mente está dando esa forma a algo que está percibiendo de otra manera?
Durante mucho tiempo he reflexionado sobre esta cuestión. Porque si existe una alteración, una interferencia o una distorsión dentro del campo energético, ¿cómo podría nuestra mente mostrárnosla si no fuera capaz de darle alguna forma?
La mente necesita interpretar. Necesita relacionar. Necesita construir una representación que pueda ser comprendida. Y esa representación puede aparecer bajo formas muy diferentes dependiendo de la persona, de sus experiencias, de sus creencias y de aquello que ya conoce.
Por eso una persona puede describir una sensación como una malla, otra como una red, otra como una presión, otra como una sombra y otra simplemente como la sensación de estar atrapada.
Lo verdaderamente importante, desde mi punto de vista, no es quedarnos inmediatamente con la imagen. La imagen es una pista. Lo que necesitamos investigar es aquello que existe detrás de esa percepción y qué relación tiene con la persona que la está experimentando.
¿Qué estoy percibiendo? → ¿Cómo lo está representando mi mente? → ¿Qué puede existir detrás de esa representación?
Y aquí aparece una de las cuestiones más delicadas de mi investigación. No quiero convertir una percepción en una certeza sin haberla investigado, pero tampoco quiero negar una experiencia solamente porque no pueda observarla de la misma manera que la persona que la está viviendo.
Para mí, ese punto intermedio es esencial. La percepción merece ser escuchada, estudiada y comprendida. Pero la forma que adopta esa percepción también necesita ser investigada, porque quizá aquello que la mente representa como una malla, una fisura, una sombra o una presencia sea la manera que ha encontrado para expresar algo que todavía no comprendemos completamente.
Pero la experiencia no termina cuando aparece la imagen. Muchas veces, después de percibir algo, la mente necesita encontrar una explicación. Y es precisamente en ese momento cuando comienza a construirse una interpretación de aquello que estamos viviendo.
Una persona puede sentir que algo la rodea y pensar: “Estoy atrapada.” Otra puede experimentar una sensación de agotamiento y decir: “Hay algo que se está alimentando de mí.” Alguien puede sentir que existe una dificultad permanente para avanzar y llegar a expresarlo como: “Tengo algo encima que no me deja.”
En mi investigación he encontrado muchas formas diferentes de expresar experiencias que, aunque puedan parecer muy distintas entre sí, tienen algo en común: la persona está intentando poner palabras e imágenes a algo que está experimentando y que todavía no comprende.
La mente no solamente percibe. También interpreta aquello que percibe y le da un significado.
Y aquí es donde conceptos como las llamadas larvas astrales, los parásitos energéticos o determinados apegos pueden adquirir una dimensión diferente dentro de la investigación.
Pensemos, por ejemplo, en una persona que desea profundamente cambiar una situación de su vida. Sabe que necesita hacerlo. Incluso puede imaginar perfectamente cómo sería ese cambio. Sin embargo, cuando llega el momento de dar el paso, aparece el miedo.
“¿Qué van a pensar de mí?”
“¿Y si me equivoco?”
“¿Y si pierdo lo que tengo?”
“¿Y si después estoy peor?”
El deseo de cambiar continúa ahí, pero también continúa aquello que lo frena. La persona quiere avanzar y, al mismo tiempo, algo dentro de ella la devuelve constantemente al mismo lugar.
Con el tiempo puede comenzar a experimentar ese conflicto como si existiera algo externo que estuviera interfiriendo: “Hay algo que me quita energía.” “Algo se alimenta de mí.” “Hay un parásito.” “No me dejan avanzar.”
No considero que debamos aceptar automáticamente ninguna de estas imágenes como una explicación definitiva. Pero tampoco creo que debamos ignorarlas. Son parte de la experiencia de la persona y, por tanto, pueden convertirse en una puerta de entrada para investigar.
Tal vez aquello que la persona llama “parásito” sea una estructura energética. Tal vez la imagen sea la representación mental de una alteración que está percibiendo. Tal vez exista una combinación de experiencias, creencias y patrones que está produciendo esa vivencia. Precisamente por eso hay que investigar antes de concluir.
Esta forma de observar cambia completamente la investigación. Ya no se trata de decidir rápidamente si aquello que la persona ha visto es verdadero o falso. Se trata de comprender qué está experimentando, cuándo comenzó, qué sucede en su vida cuando aparece, qué significado le atribuye y qué relación existe entre esa experiencia y sus pensamientos, emociones, decisiones y comportamientos.
Porque existe otra posibilidad que considero especialmente importante: que aquello que comenzó como una influencia, una experiencia o una percepción termine encontrando un sostén dentro de la propia persona.
Entonces puede producirse algo aparentemente paradójico. La persona siente que algo externo la limita, pero al mismo tiempo comienza a reproducir internamente aquello que la mantiene limitada. Lo piensa, lo anticipa, lo teme, lo vigila y finalmente toma decisiones condicionadas por esa misma estructura.
Y es aquí donde una percepción puede convertirse en algo mucho más profundo: cuando deja de ser solamente algo que la persona experimenta y comienza a formar parte de la manera en que interpreta su propia vida.
Lo que percibimos puede ser una pista.
Lo que interpretamos puede convertirse en un patrón.
Llegados a este punto, aparece para mí una pregunta todavía más profunda. Si estamos rodeados de tantas influencias, si nuestra historia personal deja huellas, si existen patrones que repetimos y si además cargamos con historias familiares que no comenzaron necesariamente con nosotros, ¿hasta qué punto estamos realmente condicionados por todo ello?
Mi respuesta, después de tantos años de investigación, no es que todo aquello que vivimos esté determinado por una influencia externa. Tampoco creo que debamos buscar permanentemente algo que podamos señalar como responsable de aquello que nos ocurre.
La vida es mucho más compleja que eso. Estamos atravesados por nuestra historia, por nuestras experiencias, por las personas que nos rodean, por aquello que hemos aprendido, por nuestras propias decisiones y, desde mi manera de comprender la existencia, también por aquello que forma parte de nuestro recorrido energético y transgeneracional.
Que existan influencias no significa que nuestra vida deje de pertenecernos.
Hay momentos en los que nos sentimos estables y otros en los que todo parece tambalearse. Hay períodos de felicidad, momentos de duda, etapas en las que avanzamos con seguridad y otras en las que necesitamos detenernos y volver a comprender hacia dónde vamos.
A veces queremos encontrar una explicación para cada dificultad. Buscamos una causa, un origen, una influencia o algo que podamos identificar como aquello que está interfiriendo. Y en esa búsqueda podemos olvidar algo esencial: no toda dificultad es necesariamente una interferencia que debe ser eliminada.
También existen experiencias que forman parte de nuestro propio recorrido. Situaciones que nos obligan a descubrir algo, a tomar una decisión, a cambiar una manera de relacionarnos, a reconocer una limitación o simplemente a comprender quiénes somos frente a determinadas circunstancias.
Lo mismo ocurre cuando estudiamos las llamadas lealtades familiares. Podemos encontrarnos repitiendo comportamientos, emociones o situaciones que parecen venir de mucho más atrás. Pero no necesito entenderlas como un castigo ni como una expiación por aquello que hicieron nuestros antepasados.
Desde mi manera de comprender el trabajo transgeneracional, prefiero observarlas como parte de una historia que llega hasta nosotros y que puede contener un sentido dentro de nuestra propia experiencia. No se trata de cargar con una culpa que no nos corresponde, sino de comprender qué estamos viviendo y qué podemos hacer con aquello que hemos recibido.
Incluso desde una visión espiritual, podemos contemplar la posibilidad de que determinadas experiencias formen parte de un propósito que nosotros mismos hemos aceptado antes de vivirlas. No como una condena, ni como una obligación de sufrir, sino como parte de un recorrido que solamente podemos comprender plenamente mientras lo estamos viviendo.
No todo aquello que nos condiciona viene para detenernos.
Algunas experiencias pueden convertirse también en una oportunidad
para comprender, elegir y transformar nuestra manera de vivir.
Por eso, cuando una persona llega sintiéndose atrapada, cuando percibe una malla, una fisura, una presencia o siente que algo le está quitando energía, mi trabajo no debería consistir simplemente en decirle qué es aquello que está viendo.
Lo verdaderamente importante es acompañarla a investigar. Comprender qué está experimentando, cómo lo percibe, qué significado tiene para ella, qué relación guarda con su historia, qué patrones aparecen en su vida y qué elementos pueden estar sosteniendo aquello que continúa manifestándose.
Porque quizá la imagen que aparece delante de nosotros sea solamente la forma que nuestra mente ha encontrado para representar algo que todavía no sabemos explicar. Y quizá detrás de esa imagen exista una estructura energética, una experiencia, una creencia, un patrón o una combinación de diferentes factores.
Por eso considero tan importante no precipitarse. Primero observar. Después investigar. Luego comprender. Y solamente entonces decidir dónde y cómo intervenir.
INVESTIGAR · COMPRENDER · INTERVENIR
No para negar lo que vivimos.
No para atribuirlo todo a una causa externa.
Sino para comprender aquello que está interviniendo en nuestra
experiencia y recuperar la posibilidad de elegir cómo vivirla.
Tal vez la verdadera investigación no consista solamente en descubrir qué nos está influyendo, sino en comprender qué hacemos nosotros con aquello que nos influye.

