Me he planteado muchas veces hacerte una pregunta:
¿Qué me darías a cambio si yo pudiera guiarte para salir de ese estado de carencia?
Quizás, al leerla, tu mente ya haya comenzado a buscar una respuesta.
“¿Cuánto dinero?”
“¿Qué tendría que darle?”
“¿Por qué tendría que darle algo?”
“Yo no tengo nada para dar.”
“Si realmente pudiera ayudarme, estaría dispuesto/a a darle lo que fuera.”
Curiosamente, no me interesa tanto cuál sea tu respuesta.
Me interesa desde dónde nace esa respuesta.
Porque una misma pregunta puede mostrarnos algo mucho más profundo de lo que imaginamos.
La carencia no siempre es falta de dinero
Cuando hablamos de carencia, solemos pensar inmediatamente en dinero, trabajo, bienes materiales o dificultades económicas.
Pero la carencia puede aparecer de muchas otras maneras.
Carencia de tiempo.
Carencia de amor.
Carencia de reconocimiento.
Carencia de oportunidades.
Carencia de confianza.
Carencia de seguridad.
Carencia de energía.
Carencia de posibilidades.
Y, sobre todo, puede existir una sensación interna de:
“No tengo suficiente.”
No tengo suficiente dinero.
No tengo suficiente tiempo.
No tengo suficiente capacidad.
No tengo suficiente suerte.
No tengo suficiente apoyo.
No soy suficiente.
Y cuando esa sensación se convierte en una forma habitual de interpretar la realidad, comenzamos a relacionarnos con la vida desde la carencia.
Por eso la pregunta tiene otra intención
Cuando pregunto:
“¿Qué me darías a cambio si yo pudiera guiarte para salir de ese estado de carencia?”
No estoy buscando saber cuánto vale para ti mi trabajo.
Estoy intentando que observes qué ocurre dentro de ti cuando aparece la posibilidad de recibir algo que deseas profundamente.
Porque ahí pueden aparecer respuestas muy diferentes.
Quizás alguien piense:
“Yo no puedo darte nada.”
Y esa respuesta puede parecer simplemente una realidad económica.
Pero también puede esconder una creencia mucho más profunda:
“No tengo nada que ofrecer.”
Otra persona puede pensar:
“¿Por qué tendría que darte algo? Si tú puedes ayudarme, deberías hacerlo.”
Y tal vez detrás de esa respuesta exista otra posición:
“Lo que necesito debe venir de fuera.”
Otra podría decir:
“Te daría todo lo que tengo.”
Y eso también merece ser observado.
¿Es generosidad?
¿Es desesperación?
¿Es miedo a perder la oportunidad?
¿Es la sensación de que para recibir algo hay que entregarlo todo?
Y quizás otra persona responda:
“Estaría dispuesto/a a comprometerme, hacer mi parte y darte a cambio aquello que consideremos justo.”
Ahí aparece algo diferente.
No necesariamente porque esa respuesta sea “mejor”, sino porque existe una disposición a participar en el propio proceso de cambio.
¿Y si la carencia también la estamos creando nosotros?
Esta es la parte que más me interesa.
Porque muchas veces buscamos la causa de nuestra carencia exclusivamente fuera de nosotros.
La culpa es de la situación.
De la economía.
De la familia.
De la pareja.
Del trabajo.
De la falta de oportunidades.
De lo que nos ocurrió.
Y, por supuesto, existen circunstancias externas que realmente pueden limitarnos.
No se trata de negar la realidad.
Se trata de observar algo diferente:
¿Cuánto de esa carencia que experimento pertenece a la realidad que estoy viviendo y cuánto pertenece a la forma en que estoy interpretando, sosteniendo y reproduciendo esa realidad?
Porque podemos encontrarnos con algo paradójico:
Una persona puede tener muy poco y, sin embargo, conservar una enorme capacidad de crear.
Y otra puede tener mucho y vivir permanentemente sintiendo que le falta algo.
Entonces comprendemos que la carencia no siempre está determinada por aquello que tenemos.
A veces también está determinada por aquello que creemos que no tenemos.
La carencia también puede limitar lo que somos capaces de recibir
Este punto es todavía más profundo.
Porque estamos acostumbrados a pensar que una persona en carencia simplemente necesita recibir más.
Pero, ¿qué ocurre cuando aquello que podría ayudarnos aparece delante de nosotros y nuestra propia percepción de carencia nos impide reconocerlo, aceptarlo o comprometernos con ello?
Quizás pensamos:
“No me lo puedo permitir.”
“No es para mí.”
“Eso funciona para otros, no para mí.”
“Ahora no puedo.”
“Primero tengo que solucionar otras cosas.”
“Cuando tenga más dinero, más tiempo o más seguridad, entonces podré hacerlo.”
Y así podemos quedar atrapados en un círculo:
Necesito cambiar para poder salir de la carencia, pero creo que primero tengo que dejar de estar en carencia para poder cambiar.
Y el círculo continúa.
La pregunta no busca juzgarte
Por eso quiero aclararlo.
Esta pregunta no pretende descubrir quién es generoso y quién es egoísta.
Tampoco pretende determinar quién tiene una mentalidad de abundancia y quién tiene una mentalidad de carencia.
Sería demasiado sencillo.
Lo verdaderamente interesante es observar qué pensamiento aparece primero.
¿Qué sientes?
¿Qué justificas?
¿Qué rechazas?
¿Qué estás dispuesto/a a entregar?
¿Qué crees que tienes para ofrecer?
¿Y qué crees que necesitas recibir?
Porque quizás la respuesta que das no habla tanto de la persona que tienes delante.
Quizás habla de ti.
Entonces vuelvo a preguntarte
Si alguien pudiera realmente guiarte en un proceso para comenzar a salir de ese estado de carencia que hoy condiciona alguna parte de tu vida...
¿Qué me darías a cambio?
No respondas demasiado rápido.
Observa primero qué aparece dentro de ti.
Porque quizás la respuesta que encuentres sea mucho más reveladora que la pregunta.
Y tal vez, por primera vez, puedas comenzar a preguntarte:
¿Estoy viviendo desde lo que tengo... o desde aquello que creo que me falta?
Christian
